Desde esta lógica, el currículo puede o no implementarse o no de forma correcta en la institución. En este orden de ideas, Julián de Zubiría, se refiere a los niveles del currículo de acuerdo con su alcance: el currículo propuesto, el currículo desarrollado y el currículo logrado.
Partiendo de esto, nuestra mirada debe fijarse en lo que hacemos para llegar a un currículo propuesto que tenga en cuenta los requerimientos a nivel nacional, sino que también se construya en conjunto con todos los miembros de la comunidad educativa, basándose en las características propias del contexto, que evidencie los elementos de orden didáctico que subyacen a la práctica pedagógica, que tenga en cuenta ritmos y estilos de aprendizaje y que configure un plan de estudios dinámico, que tenga en cuenta un alcance y una secuencia para cada grado y sea flexible.
En cuanto al currículo desarrollado, es preciso generar procesos de formación de los maestros que puedan llevarles a implementar el currículo atendiendo a los elementos arriba mencionados y diseñar estrategias de acompañamiento que permita al docente y al directivo docente, proponer alternativas de trabajo nuevas, a partir del ejercicio de la reflexión en torno a la práctica pedagógica.
Finalmente, al referirnos a un currículo logrado, hablamos de aquel que se queda en el interior del estudiante, el significativo, el que se fija en la memoria a largo plazo y lo lleva a actuar competentemente en diversas situaciones. Este currículo determina el éxito o el fracaso en nuestra labor, pero desafortunadamente no se puede evidenciar tan fácilmente. Por ello, es preciso diseñar instrumentos de evaluación de la práctica pedagógica que permitan a los estudiantes, directivos docentes y docentes, comprender el alcance de ese currículo logrado.